
POR: DON MAQUI
Resulta que para el gobierno naranja la igualdad solamente existe en los discursos de campaña, porque ya dejaron clarísimo cómo quieren repartir el Mundial: los ricos al VIP y el pueblo a pelear espacios en la “zona gratuita con cupo limitado”, así, sin vergüenza alguna, el Estado de Nuevo León oficializó el clasismo versión FIFA.
Y ojo, aquí no hablamos de un concierto privado organizado por una empresa cualquiera. ¡No señores!, estamos hablando de un evento impulsado, promovido y prácticamente apadrinado por el propio gobierno estatal usando espacios públicos, infraestructura pública y narrativa institucional, es decir, el mensaje sí pesa políticamente: si tienes dinero vivirás el Mundial cómodo, protegido y privilegiado; si no lo tienes, te formas, sudas, corres y ruegas alcanzar lugar, el neoliberalismo VIP llevado al fan fest.
No tarda en brincar CONAPRED, organismos de derechos humanos y hasta diputados locales que todavía entiendan que el acceso a espacios públicos no debería sentirse como un filtro de castas sociales, porque aunque jurídicamente quieran disfrazarlo de “experiencia premium”, socialmente el mensaje es grotesco, la autoridad normalizando que incluso la convivencia colectiva se divide entre ciudadanos preferentes y ciudadanos de segunda.
Lo más irónico es que este mismo gobierno se la vive hablando de inclusión, juventud y modernidad, pero terminó organizando un Mundial con olor a antro exclusivo, el pobre viendo desde atrás y el influyente adelante con brazalete VIP, muy “nuevo Nuevo León”, pero con las mismas mañas de siempre.
Mientras miles batallan diariamente con camiones insuficientes, tarifas altas, tráfico infernal y colonias olvidadas, Palacio de Cantera anda preocupado por vender accesos premium para que unos cuantos vivan la experiencia fifí del Mundial y luego todavía se preguntan por qué la gente siente que gobiernan para una burbuja y no para el ciudadano común.
Porque el problema no son Chayanne ni Imagine Dragons, el verdadero escándalo es otro: que el propio gobierno convirtió una fiesta popular en un retrato brutal de desigualdad.
