Cada temporada electoral en Estados Unidos ocurre lo mismo, México aparece en los discursos de campaña.
No como país vecino ni como socio comercial, solo como un argumento, la presidenta Claudia Sheinbaum lo puso en palabras directas: ahí el fondo del asunto.
Durante décadas, el nombre de México ha servido de utilería en campañas ajenas: para prometer muros, para justificar aranceles, para acusar sin pruebas, para conseguir un aplauso en un mitin donde nadie que viva aquí tiene voto.