El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha sacudido el tablero geopolítico internacional al declarar ante los periodistas en la Casa Blanca que ve plenamente viable alcanzar un acuerdo diplomático con el gobierno de Cuba, una afirmación que matiza la postura oficial de su propia administración, la cual ha calificado reiteradamente al sistema comunista de la isla como corrupto e incompetente mientras presiona activamente por una transición profunda en el poder.

Al ser cuestionado explícitamente sobre si esta reconciliación bilateral requeriría de forma obligatoria un cambio de régimen en La Habana, el mandatario republicano exhibió una total confianza en su capacidad negociadora al asegurar que él puede resolver la histórica disputa sin importar si la cúpula gobernante se mantiene o no, sosteniendo de manera imprevista una gran cartulina con los planos de remodelación de un salón de baile mientras minimizaba la complejidad del prolongado conflicto caribeño.

El jefe de Estado norteamericano justificó la urgencia de su intervención describiendo a Cuba como una nación fallida que actualmente carece de recursos básicos, alimentos y suministro eléctrico tras un año que calificó como sumamente duro y violento, argumentando además que desde la isla están llamando a Washington en busca de un auxilio urgente que su gobierno está completamente dispuesto a otorgar para revertir la precaria situación humanitaria.

Durante su intervención, Trump no escatimó en elogios hacia la comunidad cubanoestadounidense, concentrada principalmente en la ciudad de Miami donde afirmó haber obtenido el noventa y siete por ciento de los votos, y se comprometió a respaldarlos de inmediato frente a los abusos históricos que, según denunció, han sufrido a manos de la dirigencia de La Habana, comandada inicialmente por los hermanos Fidel y Raúl Castro y liderada en la actualidad por su sucesor Miguel Díaz-Canel.